San Millán de la Cogolla




Nos encontramos ahora en la famosa región vinícola de La Rioja. A poca distancia de Nájera y del Camino de Santiago está uno de los más antiguos cenobios de España, el monasterio de San Millán de la Cogolla. En este lugar, en el siglo VI, el hermitaño Emiliano, o Millán (473-574), llevó una vida retirada y contemplativa junto con algunos discípulos en las cuevas de un monte. Desde entonces el lugar ha sido santuario. Hoy el complejo consta de dos monasterios. El Monasterio de Suso (de arriba), en la ladera del monte, es el más antiguo. Remonta a la época visigoda y es un conglomerado de elementos visigóticos, mozárabes y románicos adosado a las cuevas donde habitó el santo. Aquí se encuentra la tumba donde originalmente fue enterrado San Millán. Sus restos reposan ahora en un arca de marfil en el Monasterio de Yuso (de abajo). Esta segunda parte del complejo monástico, de estilo renacentista, fue construida en el siglo XVI al pie del monte.

En el suelo del Monasterio de Suso están alineados los ocho sepulcros que tradicionalmente se han identificado como los de los siete Infantes de Lara y su ayo Muño Salido. El monasterio cercano de San Pedro de Arlanza, sin embargo, pretendía tener no sólo los de los infantes sino también los de su abuelo, Gustios González, su padre, Gonzalo Gustios, su madre, doña Sancha, y Mudarra, el hijo ilegítimo de Gonzalo Gustios, el que, según la leyenda, vengó la muerte de los siete hermanos. (Las siete cabezas, por otro lado, se suponían guardadas en la iglesia mayor de la villa de Salas.) Tanta era la rivalidad entre las dos casas monásticas de San Pedro y San Millán, en cuanto a la autenticidad de los sepulcros, que el día tres de diciembre del año 1600 el abad de San Millán de la Cogolla, acompañado de oficiales y notarios, hizo abrir y revisar ceremoniosamente las ocho tumbas de su monasterio. Hizo constar en las actas oficiales del evento que las ocho contenían restos de cuerpos que habían sido decapitados. Desde entonces el caso parece haberse resuelto a favor de los monjes de San Millán. Los peregrinos medievales que hacían el desvío al monasterio de San Millán podían ver las ocho tumbas de los infantes cuya heroica muerte sin duda habrían oído cantar en el Camino. Aunque está perdido ahora el cantar épico, el peregrino actual todavía puede conocer la leyenda y visitar las ocho tumbas en el Monasterio de Suso de San Millán.

Los monasterios, en parte porque muchos se edificaron en lugares naturalmente protegidos y en parte porque se les consideraba lugares santos, solían ser relativamente seguros. Además de ser repositorios de valiosas reliquias de santos y de arcas, relicarios, cálices, patenas, platos, cruces y otros objetos litúrgicos labrados en oro, plata, esmalte, marfil y piedras preciosas, los monasterios resultaron ser el lugar natural para el depósito seguro de los tesoros de señores y de reyes. El Cid del cantar hace guardar a su propia mujer e hijas en el monasterio de San Pedro de Cardeña.

A la relativa seguridad de los monasterios se juntaba una larga tradición de erudición monástica. En medio de una tierra áspera y de una sociedad guerrera y en su mayoía analfabeta, el monasterio medieval era un pequeño centro de cultura latina, un aislado lugar de estudio y de producción de libros con su biblioteca y su scriptorium.(1) En los antiguos monasterios de San Millán y Santo Domingo de Silos los monjes del siglo XI que estudiaban textos en latín tenían la costumbre, común entre los lectores de todos los tiempos, de glosar el texto entre renglones y en los márgenes de los folios, explicando alguno que otro pasaje, aclarando el sentido de alguna palabra. Llega un momento, sin embargo, en el que los glosadores empiezan no simplemente a glosar sino a traducir a su lengua vernácula las palabras y los pasajes. Y son estos apuntes marginales, las llamadas Glosas Emilianenses y Glosas Silenses, los que han sido señalados como las primeras muestras escritas del castellano antiguo.

Al reconocer el papel central de los monasterios españoles como protectores y transmisores de la cultura escrita, no nos debe sorprender que el primer poeta de nombre conocido que escribió en castellano fuera un clérigo asociado con el monasterio de San Millán de la Cogolla, ni que su obra fuera de tema religioso. En el siglo XIII Gonzalo de Berceo escribió, en cuaderna vía, las vidas de San Millán y de Santo Domingo de Silos, junto con su famosa colección de los Milagros de Nuestra Señora. Estas breves historias de la intervención de la Virgen María en las vidas de los hombres, vivas, llenas de humor y ricas en detalles acerca de la vida medieval, debían de tener cierto encanto para los peregrinos de Santiago, ya que algunos de los mismos protagonistas de los milagros son romeros.

1. History of scriptoria courtesy of Monastery of Christ in the Desert, New Mexico (www.christdesert.org).