

Codex Calixtinus
También conocido como
Liber sancti iacobi
Libro II
Capítulo V
GRAN MILAGRO DE SANTIAGO EXPUESTO POR SU
EXCELENCIA EL PAPA CALIXTO
En el año de Nuestro Señor 1090, un grupo de alemanes, peregrinos de Santiago,
llegaron a la ciudad de Tolosa trayendo consigo abundante riqueza. Se alojaron en casa de un
hombre rico, el cual era malo como lobo que, escondiéndose bajo piel de oveja, se finge
manso. Este hombre rico recibió debidamente a los peregrinos pero, so guisa de
hospitalero, les obligó a beber más vino de lo que quisieran. ¡Oh ciega
avaricia! Oh mente mezquina del hombre malo! Por fin, cediendo los peregrinos al peso de
su mucha cansancia y su mayor beber, el amfitrión artero, impelido por el espíritu
de la avaricia, escondió una copa de plata en el zurrón de uno de los peregrinos
durmientes con la intención de acusarles del robo y, una vez juzgados ellos, quedarse
él con su gran riqueza.
Al canto del gallo en la mañana siguiente, el mal amfitrión, con un bando armado,
les persiguió llamando, "¡Devuélvanme el dinero que me han robado!" Los
peregrinos, cuando esto oyeron, le respondieron: "Usted puede condenar según su
voluntad al que encuentre con alguna posesión suya.."
Al revisar las posesiones de los peregrinos, el hombre rico señaló a dos del grupo--un hombre y su hijo--en cuyo zurrón había encontrado su copa, y los llevó
a la justicia. Injustamente se les quitó todos sus bienes. El juez, sin embargo, conmovido
por la piedad, ordenó que se soltara a uno de ellos y que el otro sufriera la pena de
muerte. El padre, anhelando que se librara a su hijo, indicó para sí el
castigo.
El hijo, por otra parte, dijo, "No es justo que un padre se entregue a la muerte en lugar de su hijo;
es el hijo quien debe recibir el dicho castigo." El hijo, pues, según su propio deseo, fue
ahorcado a cambio de la libertad de su amado padre; y el padre, entre lágrimas y
lamentaciones, siguió su camino hacia Compostela. Al visitar el venerado altar
apostólico, y después de treinta y seis días, el padre volvió de
Compostela e hizo un desvío para ver el cuerpo de su hijo que colgaba todavía en
la horca.(1) Exclamó entre sollozos y lastimosas
lamentaciones, "¡Ay de mí, hijo, ojalá que jamás te engendrara! ¡Ay de
mí, que yo haya vivido para verte ahorcado!"
¡Cuán maravillosas son tus obras, O Señor! El hijo ahorcado,
dándole consuelo al padre dijo, "No llores, buen padre, mi dolor; antes rinde gracias, que
más dulce me es ahora que jamás lo ha sido en mi vida de antes. El
benedicísimo Santiago, sosteniéndome con sus propias manos, me ha sustentado
con toda dulzura." El padre, cuando oyó esto, echó a correr hacia
la ciudad, llamando a la gente que fueran testigos de tan gran milagro de Dios. El pueblo, al ver
que el que hace tanto tiempo habían ahorcado todavía vivía,
reconoció que su acusamiento se debía la insaciable avaricia del hombre rico y que
el hijo había sido salvado por la gracia de Dios.
Esto fue llevado a cabo por Dios y es milagrosa a nuestra vista. Entonces bajaron al hijo de la
horca con gran honor. Pero al instante ahorcaron al mal amfitrión, según
él lo merecía, después de haberle condenado en un juicio común.
Por lo tanto, los que se llaman cristianos han de vigilar, que no vengan a obrar contra sus
huéspedes o sus prójimos ningúna falsedad como ésta. Antes
deben empeñarse en proporcionarle piedad y caridad al peregrino, que así
merezcan el galardón de la gloria perdurable de El que vive y reina como Dios. Mundo
sin fin. Amen.
Capítulo XVII
GRAN MILAGRO DE SANTIAGO EXPUESTO POR SAN
ANSELMO,
ARZOBISPO DE CONTORBERY (2)
Cerca de la ciudad de Lyon hay una aldea en la que moraba cierto joven llamado Giraldo que
formado en el oficio de peletero vivía con el justo trabajo de sus manos y sustentaba a
su madre, muerto ya su padre. Amaba con pasión a Santiago a cuyo sepulcro
solía acudir todos los años para hacer su ofrenda. No tenía mujer, sino
que viviendo solo con su anciana madre llevaba vida casta. Pero después de
algún tiempo de continencia, vencida al fin una vez por el placer de la carne,
fornicó con una jovenzuela. A la mañana siguiente, pues ya tenía
dispuesta su peregrinación, emprendió el viaje a Santiago de Galicia con dos
vecinos suyos y llevando consigo un borrico. Y yendo de camino encontraron a un mendigo
que también iba a Santiago, al que por compañía y más
aún por amor al Apóstol llevaron con ellos dándole los alimentos
necesarios.
Así marchando hicieron juntos y contentos varias jornadas. Mas el diablo envidiando
la pacífica y buena compañía, se acercó ocultamente en figura
humana bastante honesta al joven que había fornicado en su tierra y le dijo:
«Sabes quién soy?» «No», contestó éste. Y
añadió el demonio: «Soy el apóstol Santiago a quien desde hace
largotiempo sueles visitar y honrar todos lo años con tus ofrendas. Has de saber que
estaba muy contento contigo, porque esperaba ciertamente muy bien de ti. Mas hace poco,
antes de salir de tu casa fornicaste con mujer y desde entonces no te has arrepentido de ello
ni has querido confesarlo. Y así te pusiste en camino con tu pecado como si tu
peregrinación fuese grata a Dios y a mí. No es eso lo que debe ser. Pues
todo el que por mi amor quere peregrinar debe manifestar antes sus pecados en una humilde
confesión y hacer luego penitencia de ellos pereginando. Y de quien obre de otro
modo la peregrinación será mal vista.»
Dicho esto se devaneció de la vista del joven el cual empezó a contristarse
con lo oído y a formar intención de volver a casa, confesarse con su cura y
regresar luego por el mismo camino. Pero mientra pensaba para sí esto, en la misma
forma con que había aparecido antes vino el demonio y le dijo: «Qué es
lo que piensas en tus adentros, volver a tu casa y hacer penitencia para tornar después
a mí má dignament? Crees que un pecado tan grande puede borrarse con tus
ayunos o tus lágrimas? Estás muy errado, cree en mis consejos y te
salvarás. Pues de otro modo no podrás salvarte. Aunque hayas pecado, yo
sin embargo te amo y por esto he venido a ti, para darte un consejo tal que puedas salvarte
con él si quieres creerme.» A esto contestó el peregrino:
«Así pensaba, como dices; pero puesto que afirmas que no me
aprovechará para la salvación, dime lo que te place para que pueda salvarme y
de buena gana lo cumpliré.» Y añadió aquél: «Si
deseas limpiarte totalmente de tu culpa, córtate en seguida las partes viriles con las
que pecaste.» Aterrado por este consejo dijo el joven: «Si hago lo que me
aconsejas no podré vivir. Y se un suicida, lo cual he oído
muchas veces que es condenable ante Dios.»
Entonces repuso el demonio riendo: «Oh tonto, qué poco sabes de lo que puede
aprovechar a tu salvación. Si de tal forma murieses, sin duda pasarás a
mí, porque castigando tu culpa serás mártir. Oh si fuese tan sabio que
no dudases en matarte a ti mismo, yo vendría al momento con una multitud de
compañeros míos y recibiría contento a tu alma para que permaneciera
conmigo. Yo, agregó, soy el apóstol Santigo que me cuido de ti; haz como
he dicho siquieres venir a reunirte conmigo y hallar remedio para tu culpa.» Dicho lo
cual el sencillo peregrino se animó a llevar a cabo la fechoría y por la noche
cuando dormían sus compañeros sacó un cuchillo y se amputó
las partes viriles. Y vuelta luego la mano alzó el hierro y echándol contra su
punta se traspasó el vientre.
Como la sangre brotaba abundante y él hizo ruido al agitarse, despertaron sus
compañeros y le llamaron y preguntaron qué tenía. Y como no les
diera respuesta, ya que agonizando daba los últimos suspiros, se levantan a prisa
consternado, encienden luces y encuentran al compañero medio muerto y sin poder y
responderles. Asombrados por ello y a la vez grandemente atemorizados de que pudiera
imputárseles la muerte de aquél, si por la mañana se hallaban en el
mismo lugar, emprenden la huída y le dejan revolcado en su sangre, y al asno y al
pobre a quien daban de comer. Por la mañana cuando se levantó la familia de
la casa y halló al muerto, no sabiendo de cierto a quién atribuir su muerte,
llaman a los vecinos y lo llevan a la iglesia para enterrarle. Lo depositan a la puerta mientra
preparan la fosa, porque seguía echando sangre. Mas sin tardar mucho el muerto
volvió en sí y se sentó en el lecho fúnebre. Y al ver esto los
presentes huyen aterrados y gritando.
A los gritos acuden las gentes alarmadas, preguntas qu é pasa y oyen que un
muerto ha vuelto a la vida. Y habiéndose acercado a él y comenzado a
hablarle, contó ante todos con palab ra expedita lo que le había ocurrido
diciendo: «Yo a quien veis resucitado de la muerte amé desde la infancia a
Santiago y tenía costumbre de servirle en cuanto pude. Pero ahora que había
tederminado ir a su sepulcro había llegado hasta este lugar, vino el diablo y me
engañó diciendo que era Santiago--y todo en el orden en que se ha dicho lo
expuso públicamente, y añadió: Después que me quité
la vida y mi alma fué expulsada del cuerpo, vino a mí el mismo maligno
espíritu que me mabía engañado trayendo consigo un gran tropel de
demonios. Y al instante me arrebataron sin compasión y llorando y dando lastimeras
voces me llevaron a los tormentos.
En su marcha, se dirigieron hacia Roma. Pero cuando llegamos a un bosque situado entre la
ciudad y el pueblo que se llama Labicano (3), Santiago
que venía
siguiéndonos llegó volando a y apresando a los demonios dijo: De
dónde venís y adónde vais? Y contestaron ellos: Eh, Santiago, a la
verdad aquí nada te toca. Pues nos ha creído tanto que se mató a
sí mismo. Nosotros le persuadimos, nosotros le engañamos, a nosotros no
pertenece. Mas él replicó: Nada respondéis de lo que os pregunto,
sino que os jactáis y alegráis de haber engañado a un cristiano. Pero
tendréis mala recompensa, porque es un peregrino mío ese de cuya
posesión os jactáis. A lo menos no le llevaréis impunemente. Y me
parecía Santiago joven y de aspecto gracioso, delgado y de colo quebrado,
vulgarmente dicho moreno.
Así, pues, obligados por él llegamos a Roma, donde junto a la iglesia de San
Pedro Apóstol había un lugar verde y espacioso en la llanura del aire, al que
muchedumbre innumerable de santos había venido a una asamblea. La
presidía la venerable Señor Madre de dios y siempre virgen María y
estaban sentados a derecha e ezquierda de ella muchos e ilustre próceres. Yo me
puse a contemplrarla con el corazón muy conmovido, pues jamás en mi vida
vi tan hermosa criatura. No era alta, sino de mediana estatura, de bellísima cara, de
aspecto deleitable. Ante ella se presentó en seguida el santo Apóstol, mi
piadosísimo abogado, y delante de todos clamó de qué manera me
había vencido la falacia de Satán. Y ella volviéndose al punto a los
demonios dijo: «Ah desagraciado, qué buscabais en un peregrino de mi
Señor e Hijo y de Santiago su leal? Y podría bastaros con vuestra pena sin
necesidad de aumentarla por vuestra maldad.
Después de hablar la Virgen santísima volvió sus ojos hacia mí
con clemencia. Entonces dominados los demonions por un gran temor al decir todos los que
presidían la asamblea que habían obrado injustamente contra el
Apóstol engañándome, mandó la Señor que se me
volviese al cuerpo. Tomándome, pues, Santiago me restituyó inmediatamente
a este lugar. De esta manera he muerto y he resucitado.» Oyendo esto los moradores
del lugar se regocijaron profundamente y en seguida le llevaron a sus casa y le tuvieron
consigo dres días dándole a conocer y señalándole como en
quien Dios había obrado cosa tan insólita y admirable por mediación
de Santiago. Porque sus herida sanaron sin tardanza quedando sólo cicatrices en su
lugar. Y en el de las partes genitales le creció la carne como una verruga, por la que
orinaba.
Terminados los días que le retuvieron por alegría los habitnates de aquel
lugar, preparón su borrico y con su compañero el pobre que había
recogido en el camino reanudó su viaje. Mas cuando y llegaba cerca del sepulcro de
Santiago, hete aquí que los compañeros que le había dejado y que ya
regresaban se encontraron con él. Y cuando éstos desde lejos todavía
vieron a los dos que arreaban el asno, se dijero entre sí: «Aquellos hombre se
parecen a los compañeros que dejamos, uno muerto y otro vivo. Y el animal que
arrean tampoco se diferencia, por lo que se ve, del que quedó con ellos. Pero luego
que se acercaron y se reconocieron mutuamente, al saber lo que había pasado se
alegraron sobremanera. Y habiendo vuelto a su tierra contaron todo lo ocurrido.
Mas el resucitado, después de regresar de Santiago, confirmó de hecho lo que
sus compañeros ya habían contado. POrque lo divulgó por todas
partes como queda expuesto, enseño las cicatrices y hasta dejó ver a muchos
que así lo deseaban lo del sitio más secreto. El reverendísimo Hugo,
santo abad de Cluny, vió con otros mucho a este hombre y todos los signos de su
muerte, y afirmó haberlo visto con frecuencia por admiración, según
se ha contado. Y nosotros por amor del Apóstol para que no se borrase el recuerdo
lo confiamos a la escritura, ordenando a todos que en todas las iglesias celebren con dignos
oficios la festividad de tan gran milagro y de los demás de Santiago el día tres
de octubre. Sea, pues, para el Rey de reyes, que se dignó realizar tales y tan grandes
cosas por su amado Santiago, el honor y la goria por los siglos de los siglos. Así
sea.
NOTAS
1. Era costumbre construir las horcas en la encrucijadas y dejar colgados
a los ahorcados para recordar a los transeuntes las consecuencias de los delites.
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2. Además de la version
que se reproduce arriba (traducción tomada del Libro II del Liber sancti iacobi, ed.
Moralejo, Torres, y Feo, Santiago de Compostela, 1951), varias
otras versiones medievales se encuentran en:
Un poema de Guaiferio de Benevento (siglo XI), abad de Salerno y monje de Monte Casino
(siglo XI) (Migne, Patrología Latina CXLVII, col. 1285);
Guiberto de Nogent (siglo XII), Gesta Dei per Francos (Guiberti vita,
libro III, 19. Ed. Bourgin, Paris, 1907, pág. 219 ss.);
Gonzalo de Berceo, Milagros de Nuestra Señora, s. 13;
Alfonso X, el Sabio, Cantigas de Santa María, número 26, s.
13;
Jacobus de Voragine, Legenda aurea;
Etienne de Besançon, Alphabetum narrationum, s. 15, (Ed. Mary Macleo
Banks, London: Kegan, Paul, Trench, Trubner, 1094);
Caesarius of Heisterbach, Libri miraculorum (ed. A Meister, Romanische
Quartalschrift fur christliche Alterthumskunde un fur Kirchengeschchte, Supplementheft
13 (1901): III, 62.)
John Mirk, Festial (ed. Theodor Erbew, London: Kegan Paul, Trench, Trubner,
1905).
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3. Pueblo unos 15 kilómetros al sudeste de Roma.
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Cantiga de Santa María número 175
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