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Os contaré, si me escuchais, la historia de un juicio que
hizo Santa María en el caso de un
peregrino de Santiago. Este romero iba de buena voluntad a
Santiago de Compostela; pero, antes de
emprender su viaje, cometió un pecado: tuvo relaciones
con una mujer sin haberse casado con ella.
Después, el mezquino, sin confesarse, se lanzó al
Camino. En seguida el demonio se le
apareció, tomando la forma del apóstol Santiago con
la intención de
engañarlo. El demonio le declaró, «Peregrino,
estoy despagado de ti. Has
pecado. Yo te ofrezco la salvación; te ofrezco una manera
de evitar el lago de fuego del
infierno, donde ciertamente sin mi ayuda caerás. Pero
antes, harás lo que te digo:
elimina el agente de tu mal; has de cortarte el miembro que te hizo
pecar.»
El peregrino, que sin duda
pensaba que era Santiago aquel que le ordenaba esto,
cumplió con todo lo que mandaba:
convencido de que obraba bien, se cortó el miembro
masculino. Muy pronto cayó muerto en
el camino.
Sus compañeros, cuando lo encontraron frío y sin
vida, huyeron para que no se les
acusara de la muerte. Luego vinieron los demonios para
llevarse, sin tardar, el alma del muerto.
Estando en esto, tuvieron que pasar ante una muy hermosa capilla
de San Pedro. De allí
salió Santiago de Compostela diciendo: «Ay,
falsos, no podeis llevaros el alma de mi
peregrino. Lo engañasteis con mi semblanza. Gran
traición hicisteis. Y, como
falsamente ganasteis esta alma, muy poco tiempo la
tendréis si Dios me ayuda.» Los malos
diablos respondieron: «Hablas en vano Santiago. Estamos
seguros de que esta alma no puede venir
ante Dios, pues con sus propias manos se ha matado.»
Santiago declaró, «Hagamos
esto: Como no nos podemos poner de acuerdo vosotros y yo, apelemos,
sin más demora, a un juez
intachable, a la sin par Virgen María.»
Cuando se vieron ante Santa María, cada parte expuso su
argumento y demandó su derecho. El
juicio de la Juez era éste: que fuesen los diablos a
volver el alma al cuerpo donde la
habían encontrado para que después el peregrino se
pudiera salvar.
Este juicio luego fue cumplido y el peregrino muerto fue
resucitado, por lo cual daba gracias a Dios.
Pero nunca le fue restituido aquello que se había cortado;
así que nunca tuvo ni la
capacidad ni la tentación de repetir su pecado.
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