Cantiga de Santa María número 253:

"Cómo un romero de Francia que iba a Santiago pasó por la iglesia de Santa María de Vila-Sirga y no pudo sacar de allí un bordón de hierro grande que llevaba en penitencia."

De grado a Santa María merced y piedad
a los que de sus pecados la piden con humildad

Porque por su humildad y a la luz y espejo
de todos los pecadores y abrigo y consejo
y a su virginidad no lo pudo vencer
el demonio que nos quisiera a todos meter bajo su poder.
De grado a Santa María merced y piedad. . .

Ruega siempre a su Hijo esta Virgen coronada
por los yerros que hacemos en esta vida menguada
que nos perdone los pecados porque ella es nuestra abogada.
Por eso un milagro diré, si vosotros me escuchais:
De grado a Santa María merced y piedad. . .

Moraba en la villa de Tolosa un hombre bueno que, aunque pecaba, siempre tenía gran confianza en la Virgen gloriosa y la servía bien y de buena voluntad. El hombre bueno sabía que andaba en pecado, y se fue luego a confesar. Y después de confesarse, su abad le anunció su penitencia: que hiciera el peregrinaje a la tumba del apóstol Santiago. Le ordenó además que llevara un bordón de hierro que pesara veinte y cuatro libras, y que, comoquiera que pudiese--a cuestas o en la mano--lo llevara y que lo depositara públicamente ante el altar del santo.

El hombre bueno hizo luego el mandamiento. Hizo fabricar en seguida un bordón de veinte y cuatro libras, sin que faltara ni una onza. Luego, caminando por Castilla con su bordón, vio al lado del Camino una iglesia que llaman de Vila-Sirga. Preguntó a la gente que allí estaba qué lugar era aquel. Le respondió un fraile: «Se llama Vila-Sirga, lugar muy maravilloso, donde la Santa Virgen María, Madre del Rey poderoso, siempre hace buenos y sabrosos milagros. Es suya esta iglesia y la tierra alrededor.» El romero, que amaba mucho y cumplidamente a la Virgen, se desvió del camino y entró en la iglesia. Se arrodilló y dirigió su humilde oración a la Madre de Dios, pidiendo perdón por sus pecados y diciendo, «Ay Santa María, por estos mis pecados perdón te ruego.» La Virgen gloriosa, en quien mora toda bondad, oyó su petición; y en seguida el grueso bordón se quebró en el mismo lugar donde el romero lo había puesto ante su Majestad.

Cuando el hombre bueno vio quebrado el bordón en dos pedazos, se maravilló. Y se santiguaron tanto él como los que allí estaban. Luego, el romero se levantó para ir su vía y cumplir con su penitencia. Pero, aunque era un hombre recio y fuerte, y aunque tiraba con toda su fuerza, no pudo mover de su lugar los dos pedazos del bordón. Y viendo que se esforzaba en vano, pensó y dijo llorando, «Ay Madre de Dios, mira tu gran merced y no mi gran desmesura, que he hecho locura en querer llevar de aquí el bordón que es tuyo. Pero tú, Virgen pura, perdóname esto.» Y le contó a la Virgen toda la historia de cómo vino a llevar aquel bordón, como ya oísteis.

Y todos los circunstantes loaban a Dios y a su Virgen Madre. Y los clérigos empezaron a cantar luego el "Salve Regina," loando a esta Virgen gloriosa que tal milagro había hecho. Y por aquello entendieron que el hombre bueno era absuelto ya de su penitencia porque se le había quitado la pesada carga del bordón. De allí el hombre bueno fue a Santiago a cumplir su peregrinaje. Luego volvió a su tierra, y hasta el fin de su vida sirvió bien y de buena voluntad a la Virgen Santa María.

Ahora, por aqueste milagro, rogad todos que Santa María nos dé en este mundo algo en que servirla, y que nos guarde de pecado, de yerro, y de mal, para que todos merezcamos vivir para siempre con ella y con su Hijo. Por ende cantad
«amén».


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